LAS BACANTES
de Gala Garrido

Esto no es una fiesta. Entre por esta puerta con reservas. Si la maldad se autoexplica, ¿qué más se puede decir? Aunque quiera apartar los ojos, la realidad seguirá allí. Cuerpos descuartizados. La voluntad torcida. El deseo perverso. El poder que ha perdido el alma.

Me siento incómoda delante de estas fotos. Pero Gala es una persona íntegra y una fotógrafa muy seria y lo; lo que señala su dedo definitivamente no es la luna.

Se me hace difícil lidiar con las historias. No son redentoras. Su punto de humor negro es grotesco. Quisiera sacarles el cuerpo, literalmente: que mi cuerpo estuviese en otro lugar en el que estas realidades no existieran. Pero Gala mme dice que sufrió las sesiones de fotos en un raro proceso de inmolación. Quizás debería decir eso.

Le tengo miedo a estas imágenes. Tengo miedo que puedan ser vistas como la elaboración final de una realidad horrenda, que alguien pueda equivocarse y pensar con ligereza que el asunto está zanjado en estas fotos, que estamos a salvo.

Quizás haya que asumir que vivimos una exacerbación colectiva que explota por los lados en que los límites no aplican, donde las reservas que yo pueda tener están anuladas. Quizás la violencia en ellas habla por la violencia que en nosotros está domada o dormida o amordazada o latente, o se manifiesta en pequeñas explosiones ridículas, si se las mira bien, al lado de estas orgías desenfrenadas.

Gala las llama Las Bacantes. Me gustaría poder escabullirme por su lado amable, devolverles el misticismo para que su danza sea gentil, liberadora. Pero entonces vuelvo a las historias y no puedo descargarlas de locura ni culpa.

Parece que hay un holocausto en curso y que la salida más cautelosa es descalzarse, bajar la cabeza, quizás llorar. No hay nada que explicar, pero quizás toque ahondar en un silencio grave, descalzarse con cautela, bajar la cabeza; y entender el sacrificio como una manera de participación que nos mantenga ilusoriamente a salvo, mientras se pueda.

I

DELIRIO

“Soy una dama, excepto cuando me molesto: porque entonces me convierto en una bruja del demonio, una perra sádica salida de las entrañas del infierno que te hará desear no haber nacido.” 

(Leído en Internet)

Una mujer puede ser virgen que florece o madre que defiende feroz a sus cachorros, puede convertirse en bruja o menguar cíclicamente con la luna. Pero del otro lado del espejo está lo espeluznante y aterrador que también conforma lo femenino. Las mujeres podemos ser las peores. Más agudas en la crueldad, más certeras en la tortura.

¿Qué hace a una mujer ser Bacante?

Las Bacantes rodean a Dionisio, poseídas por su espíritu, son su séquito durante los ritos que se le dedican: las antiguas bacanales que derivarán domesticadas en los carnavales. Las bacantes encargadas de los cultos báquicos desvarían, con ellas no es posible razonar. Danzan. Son unas desenfrenadas. Pasan la noche bailando desnudas hasta entrar en trance, hasta volverse completamente locas, hasta que pueden dar paso sin reparo a la raíz más salvaje y profunda de la violencia. Entonces descuartizan animalitos, niños, hombres, otras mujeres, y se los comen a pedazos. La realidad salta de la mitología a las calles. Estas mujeres están vivas, ellas sí, fieras, sin sombra de remordimiento por haber matado a uno, dos o varios.

Porque están poseídas por una variante perversa del delirio extático. Se acercan, por los oscuros caminos de los Misterios, a una mística distorsionada.

II

EL DESEO TORCIDO

Las bacantes o ménades son vírgenes, en el sentido de que no pertenecen a nadie sino a su propio deseo. Dionisio puede otorgar también una tramposa sublimidad. Las ménades van guiadas por la búsqueda ávida de una intensidad de vida que atropella sin piedad a cualquiera que se atraviese en la consecución de su voluntad. Se desencadenan de toda consideración ajena a su fantasía, entran en frenesí, son insaciables en la satisfacción de su apetito todopoderoso. Descuartizan sin alterarse. Siempre tienen la razón.

Son también múltiples, un colectivo: no figuras individuales, sino reunidas como manifestación de un impulso colectivo. Quizás se desatan como respuesta o expresión de una situación macro que nos atañe a todos.

Siendo Dionisio un dios del inframundo, las ménades funcionan como un coro que evidencia las fuerzas subterráneas que mueven al contexto más amplio. Para visibilizar lo que nos rige como un colectivo mayor se activa este colectivo femenino: muestran el deseo delirante de poder, de una auto-imagen venerada más allá de lo razonable. Profesan el extremo del amor al “porque puedo”. Marcan la expansión de la depravación, de la pérdida de límites. Señalan un hybris torcido.

III

EL PODER

De pequeñas escuchamos con horror perverso el cuento de la Caperucita Roja; quizás conozcamos también la leyenda de Medea. Algo sigue atrayéndonos en las historias de descuartizamientos; están tatuadas en nuestro ADN cultural.

La crueldad existe por todos los lados del mundo, hace rato. Parece que viene con lo humano, que está allí agazapada. ¿Qué hacer con ella? Podemos ignorarla y mirar el mar en sus infinitas variaciones, si tenemos suerte. Si no la tenemos, quizás esa crueldad se nos atraviese, cortándonos el aliento. Gala se adentra en un territorio espinoso.

Las Bacantes podrán estar locas, pero son poderosas. Poseídas de furor, fueron capaces de descuartizar a Orfeo, que logró engatusar incluso a los guardianes del Infierno: así de poderosas. Además, están perfectamente convencidas de la justicia de sus acciones. No tienen la rémora del remordimiento, van sin lastre alguno.

Estas mujeres han decidido no ser víctimas, pero tampoco son heroínas. Se enorgullecen de su victoria sobre el otro, pero son esclavas de su propio deseo. Incapaces de vencerlo, sucumben a él, y en él se pierden. Leves, danzantes en su gravedad, su arrogancia –el gesto altivo, el mentón proyectado, la lanza erguida—han olvidado la segunda parte de la ecuación: la victoria sobre sí mismas. El ejercicio del poder requiere de la templanza sobre los propios apetitos y desafueros; esa mesura está ausente aquí. Aquí lo que hay es el resultado de una orgía de poder, en sus varias facetas. Por supuesto, quedan expuestos los valores fundamentados que las rigen: belleza exterior, poder económico, dominio sobre el otro.

Gala narra en estas historias el triunfo de la trivialidad. La caída fácil, la decadencia que subyace oculta en nuestra humanidad. La vanidad de la perversión. Las bacantes hacen visible un descuartizamiento que se opera en la psique colectiva cuando ésta se entrega de modo irracional a la consecución desaforada de sus deseos. En la figura de sus víctimas, muestran su propia situación interior. Esto es lo que somos, por dentro, como colectivo: somos los desmembrados y somos las descuartizadoras.

Somos los desgarrados.

IV

SEGUNDA APROXIMACIÓN: GALA.

En su trayectoria por el autorretrato Gala Garrido, ahondando en su nombre de musa, se ha puesto a ambos lados de la cámara para explorar mitologías de lo femenino asociadas a esferas de lo doméstico, del poder, del erotismo.

Esta vez, Gala convoca a los participantes (amigos, conocidos, colaboradores), monta la escena bajo la luz de Caravaggio y dispara. No sabe con exactitud lo que está haciendo, pues al igual que las verdaderas brujas diseña conjuros que contra toda lógica funcionan. Gala hace gala de una intuición certera, capta como en trance y transmite, sin saber exactamente qué, y lo que nos entrega es un autorretrato múltiple, un fresco en trece estaciones, en el cual ella preside como reina del caso que escoge como el más espeluznante. Se (nos) entrega, nuevamente; pero esta vez el sacrificio está del lado más oscuro de lo humano.

En la serie Las Bacantes, reconstituye crímenes reales con una lucidez que no deja de ser aterradora. Entre objetos, actores y escenografías que hablan de realidades sociales oscilantes, intentamos dilucidar una anécdota, el móvil, el arma, los cómplices. Ella (cada una de ellas) nos mira con intensidad; esta mirada, si la sostenemos, nos exige plant(e)arnos en la escena del crimen, aventurar preguntas.

Ahora, las preguntas son un asunto delicado. 

Elisabetta Balasso